El poder del intertexto y la performatividad en “Tony Ninguno”, de Andrés Montero.

Las mil y una noches es uno de los textos más complejos y fascinantes de la literatura universal. Se estima que su primera compilación fue hecha hace aproximadamente mil doscientos años, en el siglo IX. No he leído el libro, pero conozco más o menos la estructura debido a las innumerables citas que hace Borges sobre esta obra, y fundamentalmente con lo que aprendí de ella a través de la novela Tony Ninguno, de Andrés Montero. Las mil y una noches, se trata básicamente de un rey que mata todas las noches a una concubina después de desflorarla a modo de venganza contra el género femenino por un adulterio. Sucede que una noche llega Sherazade, una virgen muy astuta, quien después de tener relaciones con el rey, a sabiendas de su destino fatal, comienza a contarle una historia. Durante el transcurso del relato pasa toda la noche y se hace de día. El rey quiere seguir escuchando, así que por primera vez, le perdona la vida a su concubina hasta que termine el relato. Sherazade extiende esta historia, o esta multiplicidad de historias, durante mil y una noches. Finalmente el rey la perdona, ya que se conmueve al saber que su concubina está esperando un hijo suyo. Todo el pueblo está feliz porque el rey se ha curado de su locura. Esto sucede en el imperio pérsico del siglo IX. Mil doscientos años más tarde, una joven trapecista de un circo itinerante del campo chileno insiste a su padre, Malaquías, el dueño del circo, para que acepte los dos tomos de Las mil y una noches que les llegó a ofrecer un árabe desconocido. Así comienza la novela Tony Ninguno. Con la desesperación de un hombre por querer entregar aquella obra antes de terminar de leerla, debido a la maldición que dicen está inscrita en el libro: el que ose terminarlo, morirá. A través de esta última sentencia es que se guiará toda la obra.

Pude diferenciar varias líneas narrativas a lo largo de la novela. La primera y la más evidente es la línea del circo; el relato de la vida detrás de la carpa. No se habla mucho de las funciones. El espectáculo real está detrás: en la búsqueda de público, en la comida, en la tradición familiar de los Garmendia y los conflictos que se generan debido a la ignominia de Malaquías, el heredero directo de la tradición. La narración está a cargo de Javiera, una niña que cree ser hija del padre, pero que se encuentra con una larga y tortuosa relación incestuosa con éste, quien le termina por revelar los secretos de su llegada al circo. Bajo esta misma línea narrativa aparece Tony Ninguno, el niño sin nombre, a quien Javiera bautizó como Sahriyar, en honor al rey loco que aparece en Las mil y una noches.

Ya al principio de la novela, la relación intertextual es evidente. Sin embargo, a esta relación se le añaden los factores externos de la vida en el circo, lo que determina la configuración psicológica de Tony Ninguno, el niño recogido, quien parece ser una obra en construcción por todos los personajes (fundamentalmente por Javiera) cuyo punto culmine está justamente al final de la obra, en la pantomima del clímax. Si el niño abandonado no hubiese llegado al circo, sino a un orfanato, por ejemplo, no se cumpliría la relación intertextual que parece estar condicionada desde el principio de la novela, o mejor aún, desde el siglo IX. Tony Ninguno es el producto final de todo lo que acontece durante aproximadamente diez años en el circo, desde la caída del trapecio de Javiera y la decisión de Malaquías por dejarla contar historias al público. Tony Ninguno, se vuelve entonces doblemente vacío. Por un lado, no tiene padres, ni familia, ni historia. Por otro lado, el mundo pasa a través de él como si tuviera un cuerpo sin órganos, lo que lo vuelve incapaz de decodificar las narraciones como tales. La palabra se densifica, se vuelve acción. Pizarnik una vez preguntó al respecto:

si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?

Dentro de la novela, estas preguntas son más intensas aún. La importancia de la narraciones orales de Javiera, la recepción de estas mismas historias por parte del público y de Tony Ninguno, el hecho de que el niño abandonado haya sido bautizado por Javiera como Sahriyar, pero por los demás artistas como Tony Ninguno, ya que no tenía ningún talento particular y, fundamentalmente, el final de la obra, hacen que esta novela sea una especie de oda a la palabra viva, al hecho performático a través del lenguaje. En esta novela, las palabras hacen cosas, las maldiciones se cumplen, los crímenes se cometen, las personas se transforman. Y nosotros, lectores, sentimos miedo de que estemos imitando una historia pasada, o futura, pero no nuestra, como si fuéramos las sombras chinas de una realidad ajena.

Es gratificante encontrar novelas como estas dentro de la nueva narrativa chilena. El estilo narrativo de Andrés Montero dialoga mucho con el flujo estético que ha surgido durante los últimos años en la novelística nacional. Se trata de abrir paso a una estética sin miedo a experimentar con el lenguaje y los meta-relatos universales. Se agradece, y se nota, el cariño puesto al quehacer literario.

Tony Ninguno
Andrés Montero
Editorial La Pollera
2016

El olor a fritanga. Sobre Charapo, de Pablo D. Sheng

Santiago es una ciudad que da para mucho. Al pasear por el mall chino, la Alameda, la Plaza de Armas o Av. 10 de Julio, podemos mirar de reojo a través de las tiendas y ver más allá de las mamparas. Porque detrás de los mostradores, los talleres y los burdeles, se agita lo humano, lo verdaderamente humano. Eso que se escapa a la pulcritud con la que están envueltos los productos importados y los tratos semicordiales que nos enseñó la mercancía. Quizá desde ahí es que leí Charapo. Desde la fascinación o la curiosidad por conocer a ese otro que pocas veces se tiene la oportunidad de conocer. En este caso, el autor nos quiso mostrar ese mundo desde una versión completamente opuesta a la de los discursos oficiales. Porque muchas veces nos quedamos en el respeto al migrante, a la valoración de sus culturas, y toda esa sarta de acciones políticamente correctas. Por eso mismo, nos faltaba esta otra versión, en la que los inmigrantes no por ser peruanos, o coreanos o colombianos, iban a ser meras esculturas andantes que celebran la apertura y tolerancia del país.

Se vuelve necesario mirar al otro con sus vicios y desventuras, tal como nos hemos mirado durante mucho tiempo a nosotros mismos. Porque el inmigrante ya se volvió parte de nosotros. Quizá, hasta algún día pierda ese nombre que lo distingue de los demás. Pero yo creo, que más allá del nombre con el que se llame a quien busca suerte dentro del país, existe una mística que se percibe a través del aire cuando se pasea por Franklin, por ejemplo, o por Av. San Antonio. Algo que une y amalgama todo el sentir suburbano. El olor a fritanga, del aceite hirviendo sobre sartenes quemados es la argamasa o el lugar que tienen en común todos los que transitan por esas calles, y esas calles que son como pasillos llenos de ventanas oscuras. Dentro de una de esas ventanas está Charapo. Quizá en la más sucia y corroída. A través de esa ventana, Charapo se muestra como el sujeto donde confluyen todas las desventuras del inmigrante. Y es en las desventuras donde aparecen los recodos más oscuros del paisaje y del humano. Este viaje constante hacia el abismo demuestra que existe una discursividad más allá incluso de los discursos literarios. Porque uno esperaría cierto afán pedagógico, en cuanto a la exposición de discursos reivindicativos, pero lo que realmente uno se encuentra, es la historia de un hombre al cual las cosas no le salían bien. Eso, una historia descontaminada de grandes o medianas ideas sobre la valoración, sobre el rescate y la cultura. Charapo, es quizá una anti-épica del inmigrante. Algo que no rescata la peruanidad festiva, colorida, gastronómica y magnánima del imperio dominante del Tahuantinsuyo. Sino que desborda en el grotesco , el amor lacónico y hasta lo risible dentro de la tragedia. Todo encerrado en distintos espacios físicos dentro de dos cuadros. El cuadro de Santiago y el cuadro de Los Vilos. Ciertamente, el cuadro de Santiago dice mucho más de la nouvelle, que el segundo. Ya que en él se encuentra toda la idea central y la esencia de la obra. Dígase esencia, como también dígase olor a fritanga.

En cuanto a la construcción de la prosa, sorprende la rapidez de la exposición. Una escritura telegramática que no pierde el tiempo en largas descripciones de la emoción y el cuadro, sino que mantiene su foco en lo esencial de la imagen. Esta prosa fresca y rápida, sin miedo a usar términos como vagina, caca, pichi, está muy bien usada, tomando en cuenta que se habla de la ópera prima de un escritor joven. Sin embargo, de vez en cuando atosiga. Dan ganas de respirar entre tanto olor a empanada frita. Es como si los telegramas nos saltaran a la boca en forma de papa rellena. Quizá ese era el fin, no lo sé. Amor y odio a la prosa de Sheng. De igual forma que el final. Quizá estaba demasiado entretenido con la aventura de Charapo en el  barco, por lo tanto el final abrupto logró alterarme. Pero luego, con el pasar de los días, fui pensando que así mismo es como suceden las cosas. Más en esta literatura que parece decirnos que Ulises tuvo mucha suerte al volver, que las cosas no siempre acaban, ni aunque se hayan acabado las páginas o la vida. La historia sigue ahí, solo que ya no había nada más que decir sobre eso. Puede leerse así, como de otras formas mucho más simples.

Creo que la narrativa de Sheng promete mucho, y da un buen primer paso con este libro. Siempre se agradece que los nuevos escritores renieguen un poco (o totalmente) de los escritores anteriores; que hundan la mano en lo desconocido para sacar lo nuevo. Es un ejercicio sumamente sano para nuestra literatura, aunque se transite por lo insano de nuestra sociedad.

Charapo
Pablo D. Sheng
Editorial Cuneta
2016

chara

La mecánica del caleidoscopio. Sobre Lo Insondable, de Federico Zurita

El caleidoscopio es un pequeño mecanismo de forma cilíndrica cuyo interior se encuentra recubierto por espejos. En una de las puntas del caleidoscopio hay un pequeño montón de cristales de colores. Estos cristales son reflejados hasta el infinito por los espejos. Si el usuario del caleidoscopio (quien mantiene su ojo pegado al otro extremo) hace girar el compartimiento exterior del juguete, podrá distinguir imágenes distintas cada vez que lo haga. Estas imágenes casi siempre son las de un triángulo, un rombo, un hexágono, entre muchas otras.

Existen distintos tipos de caleidoscopios. Algunos distorsionan todo lo que se mire, por lo tanto no necesitan cristales de colores. Otros mantienen a las pequeñas partículas flotando en aceite para que se muevan más lento y el efecto psicodélico sea mayor. Sin embargo, el tipo de ilusión no varía. La mecánica es la misma. Las pequeñas partículas de colores se mueven dentro de un caos, pero al ser reflejadas por los espejos forman una figura simétrica y perfecta. Esta es la figura total. El usuario no suele fijarse en los detalles de cada partícula, sino que centra su atención en el todo (el rombo, el hexágono, etc).

Así, como en los caleidoscopios, se presenta la lectura de algunas obras literarias como Lo Insondable, el segundo libro de cuentos del escritor Federico Zurita Hecht. Porque, si bien casi todos los libros de cuentos poseen una concordancia entre un cuento y otro, pocas veces me he encontrado con libros de cuentos en que esa concordancia, construya a su vez un relato que va más allá de las historias y de la ficción. Cada cuento puede ser una partícula de este caleidoscopio, y la obra total es la imagen simétrica proyectada hacia el ojo del lector (esa imagen es un triángulo negro). Pero esta concordancia que se construye más allá de la historia o,  la concordancia de la idea, está sobre otras concordancias que se pueden ir encontrando a lo largo de la lectura.

En primer lugar está la concordancia de la ficción. Los personajes principales de cada historia están dentro de un caleidoscopio gigante que podría ser el universo, pero que son específicamente algunos países como Rusia, Chile y México, entre otros. Si bien, estos héroes están construidos dentro de espacios físicos y psicológicos individuales, parecen responder a una pulsación o un ritmo escondidos. Este efecto ha tenido diversos nombres a lo largo de la historia, como el plan divino, el azar, el destino, etcétera. Sin embargo, el autor parece decirnos que va más allá de eso. Que hay algo que se está construyendo detrás de todos nosotros. Las piezas multicolores sospechan de su condición de cristales. Algunos personajes, como Adrián Petipas, está casi rozando una respuesta al problema del universo. Se siente aterrado y sorprendido, como Daneri observando el Aleph. Casi todos los personajes de estos trece cuentos concuerdan en el sentimiento de abismo de Petipas, que es justamente el sentimiento que genera la paradoja, que es a su vez, el efecto que genera la máquina escondida en un sótano de Moscú.

Los personajes de cada cuento dialogan con los personajes y las historias de los otros cuentos. Ellos no lo saben, .pero están construyendo una historia mayor que la de ellos mismos. Construyen la historia de aquello que está por descubrirse, pero el único que logra mirar esto desde arriba, es el ojo en el extremo del caleidoscopio. El ojo del lector, quien se fija en los pequeños guiños discursivos con la realidad de este universo y de la historia universal. Sin conocimiento previo sobre la caída de la URSS, o sobre el golpe militar del 73, sería mucho más complejo entender el secreto de la obra (el secreto del triángulo oscuro). Dentro del juego, sería como si el ojo no pudiera distinguir los colores de cada cristal. Quizá dilucide la forma de una estrella, pero no sabrá de qué color es. Este diálogo con el universo real (del cual ya comienzo a dudar) se construye como otro nivel de concordancia al que el lector debe enfrentarse.

No he querido referirme a esta obra desde el nivel argumental, ya que intuyo que las narraciones individuales (muy bien construidas por lo demás), son el medio para darnos a entender algo superior. O quizá, ni siquiera entender, sino percibir y asumir aquello que está detrás de este plano de lo real (la figura total). Solo diré que cada cuento está escrito con un estilo y una voz diferente, lo que permite refrescar y facilitar el transito por cada una de las historias. Las piezas están lubricadas y puestas con tal maestría, que ninguna historia queda forzada, como tampoco existe alguna que sea dispensable para la gran máquina.

Algo que me queda dando vueltas, es que a lo largo de las historias, muchas veces se dialoga con las historias que aparecen en el libro anterior del mismo autor: El asalto al universo. No lo he leído, pero intuyo que se está en presencia de un nuevo universo literario. Este dialogo, ya saturando la idea, podría considerarse como la piedra de inicio para la construcción de un futuro caleidoscopio mucho más grande.

Creo que este libro es uno de los puntos más altos de la narrativa chilena contemporánea, donde la influencia norteamericana parece no dejarnos nunca, y la autoficción se agota mientras se expande, o viceversa. No existen muchos momentos en que los escritores chilenos salgan de Chile, dialoguen con el resto del mundo, como en este libro. Zurita rompe con esta tradición, pero no del todo, porque si bien la mayoría de las historias se construyen desde Europa Oriental, la historia reciente de Chile sigue ahí. Por tanto, a pesar de que sea una obra que pretende unirse a los grandes flujos de las ideas universales, no elide ni sustituye la discursividad propia, lo cual representa una de las grandes diferencias entre un artista y un escribidor.

Lo Insondable
Federico Zurita Hecht
La Pollera, 2015.

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