Narrar suavemente

Ya sabemos que el arte transmite emociones y sensaciones. Una buena pintura puede hacernos sentir cosas. Hay infinitos colores, formas y técnicas para utilizar. Lo mismo con la música, el cine y la fotografía. Por su parte, la literatura, como arte, también tiene esta capacidad, pero de una manera mucho más compleja. La palabra inefable, puede resultarnos bella aunque no sepamos su significado. Quizá por el sonido que hace la entre dos vocales, o por la unión de la b con la l antes de la e. Todo esto influenciado por la boca que se mueve mientras lo dices: inefable: tu labio inferior se hunde y suspiras antes de moverlo hacia afuera de nuevo para expulsar el aire que dará vida a la final. Eso con una sola palabra, que a su vez tiene un significado muy atractivo. Significa: Que no puede ser dicho, explicado o descrito con palabras, generalmente por tener cualidades excelsas o por ser muy sutil o difuso (RAE). Conociendo el significado, la potencialidad estética de aquella juntura de letras a la que llamamos palabra, se vuelve inmensa, por no querer decir inefable.

Lo que sucede en nuestras cabezas con una sola palabra no es tan importante cuando a esa palabra le sumamos otra y así creamos un enunciado, o mejor aún, una imagen. Ya la palabra por sí sola no tendrá tanta influencia como el conjunto. En una pintura de Van Gogh, la palabra sería un punto azul, y la novela sería La noche estrellada. La diferencia está en que la pintura la podemos ver. Es hermosa y ahí está, pero la novela no la podemos ver: la construimos. Por sí sola es un montón de papel empastado con grafías impresas. La novela necesita de nosotros. La literatura necesita de nosotros para salir del libro y acariciarnos o darnos una bofetada.

Más que la historia misma, yo creo que gran parte del valor que uno le da a los autores, tiene que ver con la forma en que construye esa historia. Y con forma me refiero tanto a la construcción de personajes, como de imágenes y estilos narrativos. Decir que una prosa es fresca suave, es algo muy impreciso, pero simplemente pasa. Uno lee a algunos autores y siente que va volando o que te están arrastrando por un montón de carbón encendido. Todo esto depende de la manera en que el autor te guíe por sus historias. No es que siempre tengamos que nadar en aguas cristalinas y volar en parapente. Hay veces en que el autor quiere que refriegues tu cara por el ripio mientras lees, para que sientas lo que él o sus personajes sienten. Tal es el caso de Carlos Droguett, por ejemplo. Porque él quiere que sientas lo que sentía el proletariado chileno de los años veinte y treinta. Quiere que sufras con el Bobby en Patas de Perro, o que te emborraches sobre un andamio mientras lloras con El Compadre. La forma con que se cuenta la historia, la dedicación con la que se escogen las palabras adecuadas para narrar, son los rieles de la emoción en el lector.

Todo lo anterior, es para explicar mi experiencia desde que comencé a leer a Alessandro Baricco: mi primera aproximación a la narrativa suave.

Este autor lo llegué a conocer mi primer año de universidad. Lo mencionó una profesora que decía no leer novelas porque eran muy largas y se aburría. Prefería leer cuentos. Aún así, decía que una de las novelas que más le había gustado en su vida, era Seda, la obra más famosa de Baricco. Dijo que haber leído esa novela era como pasarse un manto de seda por los brazos (hizo el gesto técnico). Cuando conseguí la novela, no pude evitar sentir lo mismo. Me dije, este loco escribe suave. Desde ahí me di cuenta que a veces captamos la literatura con otros sentidos. Porque Seda (1996), el mismo autor lo dice, venía a ser una experimentación dentro de su literatura hasta entonces  precedida por las obras: Tierras de Cristal (1991), Océano Mar (1993). Así lo explicaba él:

Esta no es una novela. Ni siquiera es un cuento. Esta es una historia. Empieza con un hombre que atraviesa el mundo, y acaba con un lago que permanece inmóvil, en una jornada de viento. El hombre se llama Herve Joncour. El lago, no se sabe. Se podría decir que es una historia de amor. Pero si solamente fuera eso, no habría valido la pena contarla. En ella están entremezclados deseos, y dolores, que no tienen un nombre exacto que los designe. Esto es algo muy antiguo. Cuando no se tiene un nombre para decir las cosas, entonces se utilizan historias. No hay mucho mas que añadir. Quizá lo mejor sea aclarar que se trata de una historia decimonónica, lo justo para que nadie se espere aviones, lavadoras o psicoanalistas. No los hay. Quizá en otra ocasión. (Baricco, 1996)

El juego es grandioso, ya que el nombre de la novela, la historia que se narra y la prosa misma convergen en un solo elemento. Baricco escribió la historia de un fabricante de seda francés del s.XIX, pero, a su vez, construyó la historia con una prosa tan fresca y precisa que da la sensación misma de estar pasando los ojos no sobre papel, sino sobre planas y planas de tela suave.

El amor mismo entre Herve Joncour y su esposa Helena es un amor sin ataduras, porque en un libro suave no hay espacios para las ataduras. Los nudos son duros. Helena sabía del romance de su esposo, quizá nunca imaginó la compleja naturaleza de este, pero lo sabía. Aún así, aceptó ese amor como una inevitable consecuencia de los  viajes de Herve. Su último acto de amor fue hacerse pasar por esa amante desconocida a través de una carta escrita en japonés para su esposo. Sin embargo, él la descubre y el libro finaliza con un protagonista que ha envejecido en no más de cien páginas. Y no es que suceda poco. Son varios años que transcurren desde que comienza hasta que finaliza. Solo que Baricco logró extraer todo lo que fuera ripioso de su novela, para poder conseguir su objetivo: un libro silencioso.

Otras novelas de Baricco también presentan este tipo de escritura precisa y rápida, como es el caso de Emaús (2009) y Sin sangre (2003). El narrador transita por los personajes captando las imágenes necesarias para la ejecución de la historia, incluso sin abrir mucho sus cabezas, ni mostrar los errores y las historias personales de cada uno. Solo basta con proclamar ciertas aficiones o pequeños momentos de la infancia para comprender al personaje, si no en su totalidad, por lo menos en su esencia.

Quizá escribir es como hablar, y el volumen de la voz escrita tenga que ver con la forma en que se construyan las imágenes, las descripciones y los diálogos. Baricco mismo dice que escribir es una forma sofisticada de silencio. Hay algunos que escriben gritando, pero hay otros que te susurran las novelas al oído. Todo va en la emoción que esperes conseguir.

10735-noche_estrellada_van_Gogh

Manifiesto impreciso

Mi cabeza no lo aguanta todo. Hay cosas que se me olvidan sobre libros que he leído. Libros contemporáneos y clásicos. Buenos y malos.

Este es un respaldo para esas imágenes que se me disuelven (Imprecisas todas)

Llámese crítica literaria, pero también llámese alarido.

En su mayoría son novelas o libros de cuento. No suelo leer libros de poesía, porque básicamente no sé leerlos. Los abro en una página al azar durante un día al azar. Los compro igual, pero nunca los leo enteros.

Son lecturas imprecisas porque no son precisas. Son mías, y yo no soy precisamente un crítico. Con suerte soy lector, y con más suerte, escritor.

5_Roland_Topor_dec102